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La experiencia que me recordó por qué el autoconocimiento no es un lujo

La semana pasada viví una experiencia que jamás pensé que me iba a pasar a mí.


Después de una subida de tensión —provocada por emociones que claramente no había gestionado adecuadamente— comenzaron a aparecer síntomas bastante extraños: un sonido constante en el oído izquierdo, una sensación de inflamación alrededor del ojo del mismo lado y un dolor de cabeza que no se iba con absolutamente nada.

El viernes por la mañana, después de dejar a Noah en el colegio, fui al médico. Como mis síntomas no parecían tan graves, me mandaron de vuelta a casa.

Esa noche fue una de las peores noches de mi vida.

Entre el dolor, el sonido constante en el oído, la presión en el ojo y una sensación muy difícil de explicar de que "algo no estaba bien", prácticamente no dormí.

A la mañana siguiente decidí ir a Emergencias pensando que simplemente necesitaban regularme la presión arterial. El personal tampoco parecía especialmente preocupado. De hecho, decidieron hacerme un CT Scan casi "por no dejar".

Hasta que el doctor entró a la habitación: "Ya revisamos los resultados del CT Scan y no me gustó lo que vi."

Me explicó todo en inglés y utilizando terminología médica. Honestamente, fue como si me hubiera hablado en mandarín. Lo único que entendí fue que tenían que ingresarme a Cuidados Intensivos.

Más tarde pedí una explicación en español.

John, el enfermero, me dijo: "Tienes una disección en una de las arterias principales que lleva sangre al cerebro. Necesitamos hacer un procedimiento para repararla y debemos mantener tu presión controlada en Cuidados Intensivos."

Aunque entendí un poco mejor, seguía pensando que probablemente estaban exagerando.

Incluso le pregunté varias veces si realmente era necesario quedarme hospitalizada.


Fue entonces cuando entendí la gravedad de la situación.

Su respuesta fue sencilla: "No se puede ir a la casa porque se puede morir."

Recuerdo perfectamente ese momento. Porque hay frases que dividen tu vida en un antes y un después.

El MRI confirmó la disección y, a medida que pasaban los días seguían apareciendo más detalles.

"Tienes un aneurisma."

"La disección mide aproximadamente cuatro centímetros."

"Es una de las más largas que el doctor ha reparado."

Y con cada nueva información me acercaba un poco más a una realidad que hasta ese momento había sido completamente ajena para mí: Había estado mucho más cerca de la muerte de lo que jamás imaginé.

Veinticuatro horas después me cayó la locha.

Aunque seguía viva, todavía no estaba fuera de peligro.

Y por primera vez en mi vida, la muerte dejó de ser una idea abstracta para convertirse en una posibilidad real.

Empecé a pensar en todo.

En mi hijo.

En mi esposo.

En las personas que amo.

En los atardeceres que quizás no volvería a ver.

En las conversaciones pendientes.

En los abrazos que todavía quería dar.

Y tuve miedo.

Muchísimo miedo.

Creo que nunca había llorado tanto delante de tantos desconocidos. Desconocidos que hoy considero héroes.

Uno a uno fueron calmándome, respondiendo mis preguntas y sosteniéndome mientras esperaba el procedimiento.

La noche anterior casi no dormí.

Y al despertar, cada minuto parecía eterno. Mi esposo estaba a mi lado intentando mantenerse fuerte por mí, aunque podía sentir perfectamente su propio miedo.

Finalmente decidí entregar el resultado a Dios, confiar en el equipo médico y dejar de luchar contra aquello que no podía controlar.

El procedimiento fue un éxito.

Y hoy estoy aquí escribiendo estas palabras. Pero si hay algo que esta experiencia me enseñó es que el autoconocimiento no es un lujo. Es una necesidad.

Porque antes de que existiera un diagnóstico, antes de los exámenes y antes de que los médicos entendieran lo que estaba pasando, hubo algo dentro de mí que sabía que algo no estaba bien.

Una voz interna.

Una intuición.

Una conexión conmigo misma que me llevó a pedir ayuda cuando todavía podía hacerlo. Y quizás esa fue la verdadera razón por la que hoy sigo aquí.

Durante años pensé que el autoconocimiento era simplemente una herramienta para sentirme mejor, tener relaciones más sanas o criar de forma más consciente. (👉 "¿Qué es la crianza consciente?")

Hoy entiendo que es mucho más que eso. Conocerte es aprender a escucharte.

Escuchar tus emociones.

Tus necesidades.

Tus límites.

Tu cuerpo.

Tu intuición.

Y precisamente de eso trata la primera etapa del Método Más Que Mamá.

Porque antes de aprender herramientas. Antes de cambiar patrones.

Antes de transformar relaciones. Necesitas aprender a conocerte.

Y muchas veces, la persona que más necesitamos descubrir... somos nosotras mismas. (👉 "Me siento mala madre: lo que realmente está pasando y cómo salir de ahí")


Etapa 1: Autoconocimiento

La Etapa 1 del Método Más Que Mamá se llama Auto-Reconocimiento.

Es un recorrido hacia el centro de tu ser. Hacia lo que eres cuando nadie te está viendo. Hacia ese blueprint único que también revela tu carta astral y que existe mucho antes de los títulos, las responsabilidades y los roles que has ido acumulando a lo largo de tu vida.

Es una invitación a entender tus detonantes, tus miedos, tus máscaras del ego y las necesidades insatisfechas de tu niña interior.

A descubrir tu esencia y tu huella cósmica. Pero sobre todo, a aceptar incondicionalmente todo aquello que encuentres en el camino y a empoderarte como mujer.

Esta es la primera pieza del rompecabezas y la más fundamental para tu crecimiento, evolución y transformación. Porque es muy difícil llegar a un destino cuando no sabes desde dónde estás partiendo.

Y si hay un momento en la vida en el que esta desconexión suele hacerse evidente, es durante la maternidad. Muchas mujeres pasan años construyendo una identidad alrededor de lo que hacen: su profesión, sus logros, sus relaciones, sus responsabilidades o incluso las expectativas que otros tienen sobre ellas.

Hasta que un día se convierten en madres.

Y entonces aparece una pregunta tan incómoda como poderosa:

¿Quién soy yo ahora?

Porque de repente ya no eres solamente tú.

Ahora eres mamá.

Y poco a poco comienzas a priorizar las necesidades de todos los demás por encima de las tuyas. Dejas de hacer cosas que antes disfrutabas.

Postergas sueños.

Cambias rutinas.

Te adaptas.

Te transformas.

Y muchas veces, sin darte cuenta, comienzas a perder contacto contigo misma.

No porque la maternidad te quite tu identidad. Sino porque te obliga a reconstruirla.

Por eso tantas mujeres llegan a un momento en el que sienten que ya no se reconocen. Que aman profundamente a sus hijos, pero extrañan algo que no saben explicar.

Que sienten gratitud por su vida y, al mismo tiempo, una sensación de vacío.

Que tienen todo lo que siempre quisieron y aun así se preguntan:

¿Dónde quedé yo en medio de todo esto?

La buena noticia es que esa pregunta no es una señal de que algo está mal.

Es una invitación.

Una invitación a volver a ti.

Y ese es precisamente el propósito de esta primera etapa.

Porque antes de cambiar patrones, mejorar relaciones o aprender nuevas herramientas, necesitas recordar quién eres.



Pregunta de reflexión

Busca un espacio tranquilo y responde con honestidad:

Si mañana dejaras de ser la mamá de tus hijos, la esposa de tu pareja, la hija de tus padres, la dueña de tu negocio o la profesional que eres... ¿quién quedaría?

¿Podrías describirte sin mencionar ninguno de los roles que desempeñas?

Las respuestas pueden sorprenderte.

Y muchas veces, ahí comienza el verdadero viaje de regreso a ti misma.


Con mi hijo el día antes del procedimiento

 
 
 

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